divendres, 27 de març de 2015

Relato "Perdido entre las llamas y la bruma de la noche"

Opinió 
Este texto es una adaptación libre del relato corto de Dostoyevski que se titula "El árbol de Noel y una boda".

Era la hora del lobo cuando una oscura nube cubrió la Luna por completo. Mi única fuente de luz era una pequeña vela casi consumida por el crepitar de una llama, que proyectaba sombras alargadas que danzaban por mi dormitorio. Parecía que llevaba eones allí, sentado delante de aquel pergamino aún impoluto, sujetando con delicadeza una pluma, sin saber qué decir o qué escribir. Pero es que la boda de hacía apenas un par de días me había perturbado por completo, despertando en mí memorias que yo creía enterradas; recuerdos congelados que se habían derretido demasiado rápido, sin darme tiempo siquiera a asimilarlos. El baile, la fiesta, la niña… Salí de mi estado de hibernación oyendo, a lo lejos, el triste ulular de una lechuza, perdida en aquel páramo neblinoso al que yo llamaba hogar. Sintiendo la imperiosa necesidad de librarme de mis demonios, mojé la pluma en el tintero con el pulso tembloroso y empecé a escribir…
***
La travesía fue larga e incómoda. La nieve y el hielo que cubrían las estepas siberianas no sólo habían entorpecido mi viaje, haciéndolo ingrato y fatigoso, sino que también habían demorado mi llegada a la mansión. Salí del carruaje sintiendo el crujido de mis frágiles huesos, que se quejaban por la humedad que habían absorbido durante aquellas más de cinco horas marchando por la más absoluta de las intemperies.
Hacía años que no veía a Filipp Aleksiéyevich, por lo que recibí aquella repentina invitación a su fiesta de Navidad con recelo y estupor. Habíamos compartido grandes momentos en nuestra juventud, cierto, pero hacía ya más de una década que no entablábamos correspondencia. Por lo que había llegado a mis oídos, no fui el único que quedó relegado de su siempre atenta compañía, pues por lo que parece, todo su círculo más próximo se vino abajo de la noche a la mañana. Dicen las malas lenguas que empezó a verse con mujeres exóticas del Asia Menor, con condes de pequeños estados centroeuropeos e incluso con sacerdotisas paganas llegadas del Norte. En lo que parecía coincidir todo el mundo es que las nuevas compañías de Filipp Aleksiéyevich tenían algo de inquietante, pues podías descubrirlas llegando por la noche en oscuras diligencias para no volverlas a ver jamás, como si se evaporaran por la madrugada, dejando tras de sí como único halo las hipnotizantes brumas del amanecer.
-       ¿Trae su máscara, señor? –me preguntó un joven enclenque con una leve inclinación de cabeza.